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Con mentiras electoreras engañan a los venezolanos

Por ZENAIR BRITO CABALLERO

La calidad de la democracia se mide por el volumen de mentiras de los políticos. En tiempos electorales este volumen crece de tal modo que nuestra mal llamada democracia se asfixia, se intoxica de mentiras.

Llama la atención la facilidad con que se miente. No hay pudor, no hay moral, no hay consideración para una sociedad que salió de una llamada IV República perversa y corrupta para caer en la dictadura socialista-comunista de la mentira. Una peor que otra.

Sus efectos son idénticos: Destruyen la base social sobre la que se asienta la esperanza de un país mejor. En estos días — como en el pasado y seguramente como en el futuro los políticos de todos los signos, en el afán desesperado por un sitio en la Asamblea Nacional, no hacen otra cosa que engañar. Si hiciéramos un catálogo de sus promesas tendríamos un serio competidor con los cuentos de Las mil y una noches.

Llama la atención que los ciudadanos asistentes a los actos proselitistas — con periodistas incluidos no acierten a preguntar a los candidatos a diputados de dónde sacarían los recursos para cumplir por lo menos con una parte de lo prometido. Y en tren de preguntas, sería oportuno averiguar también dónde encuentran tanto dinero. Mienten cuando proyectan un programa de gobierno a sabiendas de que no lo van a cumplir.

Total, repetirán después algunas de estas frases: “Se nos han dado datos falsos,” “creíamos que era otra la realidad,” “Hemos pensado que la cosa sería más fácil, pero había sido que...” En fin, los pretextos que el pueblo venezolano ha escuchado siempre. Y siempre con infinita paciencia.

Gubernistas y opositores están unidos por la impudicia de la mentira. Los primeros, por continuar al frente de la Asamblea; los segundos, para llegar a tales. A sabiendas de que ninguno de ellos llegará solo, sin embargo se abren distancias y se cavan abismos entre correligionarios. En las reuniones se mienten los unos a los otros.

Después, a través de la prensa, con sus mentiras desorientan y confunden a la opinión pública. Para peor, los adherentes de partidos y movimientos creen, o hacen creer que creen, en las mentiras de sus dirigentes.

El pensador norteamericano Michael P. Lynch dice en su libro La importancia de la verdad para una cultura pública decente, que “creemos que el mentiroso está contando sinceramente su verdad y, al creerle, cedemos parte de nuestra libertad en función de la mentira. Pasamos a estar sometidos a la voluntad del otro.” Cada día cedemos parte de nuestra libertad de la manera más escandalosa: Alquilando cédulas de identidad, votando por personajes notoriamente corruptos, o haraganes, o analfabetos funcionales, en cuyas manos transferimos nuestro futuro.

Tal vez los sociólogos puedan explicarnos este extraño cambio de comportamiento que se da en muchos ciudadanos: Se plaguean porque sus necesidades más urgentes no son resueltas, pero cuando tienen la ocasión de forzar el cambio, depositan nuevamente sus votos a favor de las mismas personas a quienes responsabilizan de sus padecimientos. Creo que es así porque tales ciudadanos viven envenenados por las mentiras que escuchan y no quieren, o no procuran, desintoxicarse.

Aclárate. Publicado: 26-AGO-2010.

Brito Caballero es doctora en Psicología y Ciencias de la Educación, y es profesora jubilada de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador.

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